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Línea de bienestar: Juventud oportunidad.

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“No son ‘ninis’, en todo caso son ‘sin-sin’. Sin opciones educativas y sin trabajos adecuados. Más aún, como dicen en Estados Unidos, son ‘juventud oportunidad’ (opportunity youth)”. Ésta es la conclusión del Foro Internacional organizado por asociaciones civiles y académicas en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) el pasado 12 de octubre. El objetivo es diseñar una alternativa de inclusión educativa y laboral para jóvenes en rezago que no han concluido su educación media superior (EMS) y ya no están en edad de regresar a la escuela.

La revisión de los datos muestra un claro avance de la inscripción en la educación secundaria y media superior en las últimas décadas. Incluso, en años recientes, hay una reducción significativa de la tasa de deserción en el nivel medio superior. Y aun así, sólo el 40% de los jóvenes de 19 años asiste a la escuela. Este dato contrasta mucho con el 98% que asiste a los 12. La caída es clara y muy abrupta (ver la Gráfica 1). Hay más de 11 millones de jóvenes —mayores de 18 y menores de 30 años— que no tienen concluida la EMS. Constituyen más de la tercera parte del total de la cohorte en esa edad (ver la Tabla 2).

Estos millones de jóvenes requieren opciones educativas para concluir su EMS, las cuales deben ser flexibles y estar vinculadas a oportunidades laborales y desarrollo de habilidades para la empleabilidad. A nivel internacional se les conoce como opciones de “segunda oportunidad”. En México carecemos de una política sólida y de gran escala respecto de este tipo de opciones.

La condición de rezago educativo y exclusión de la EMS genera en quien la vive un conjunto de riesgos para su persona, para sus familias de origen y futuras, y para sus comunidades. Pero sobre todo, representa una oportunidad perdida para el país. Son millones de personas con un potencial inmenso que puede contribuir al crecimiento económico y a la reducción de la pobreza, y son indispensables para aprovechar el “bono demográfico” de México.

El estigma de “ninis” los acompaña. En realidad, el problema es mucho más serio y de mayores dimensiones. Pero tiene una fuente clara: la exclusión educativa. Analizamos en este texto un conjunto de datos recientes, en su mayoría de la Encuesta Intercensal 2015 del INEGI, para llamar la atención sobre la urgencia de contar con una política de “segunda oportunidad” para completar la EMS, adecuada para jóvenes mayores de 18 y menores de 30, muchos de ellos en condiciones de vulnerabilidad y pobreza.

De entrada, adelantamos que estas opciones de “segunda oportunidad” requieren ser flexibles, ser semiescolarizadas para crear ambientes de aprendizaje adecuados para su condición, tener un fuerte componente de tutorías y acompañamiento, y estar centradas en aprendizajes desde la práctica vinculada a las demandas de los mercados laborales y las opciones de inclusión económica adecuadas a su localidad y región.

Jóvenes sin una EMS completa

La Encuesta Intercensal 2015 contabiliza 30.7 millones de jóvenes mayores de 15 años y menores de 30. A nivel educativo, se muestra un panorama con dos lecturas. Por una parte, la buena noticia es que en nuestro país hay cobertura “total” en la educación para niños y niñas, y casi total para adolescentes. Niveles cercanos al 100% para niñas y niños hasta los 12 años, edad normativa en que se concluye la primaria y se transita al nivel de secundaria. Son niveles incluso muy altos si se cortara la gráfica hasta los 14 años de edad. México aparece con una tasa de asistencia similar a las potencias desarrolladas hasta ese punto, que corresponde a la edad normativa para cursar tercero de secundaria (ver la parte izquierda de la Gráfica 1).

Por otra parte, la tragedia es la caída pronunciada a partir de la edad normativa de transición entre la secundaria y la educación media superior: los 15 años de edad, lo que significa que sólo el 40% de los jóvenes de 19 años sigue asistiendo a la escuela (ver la parte derecha de la Gráfica 1).

 

 

Esto genera un gravísimo problema para millones de jóvenes. Más grave porque no se ve en su real dimensión. Y porque no hay opciones adecuadas para enfrentarlo. Los registros administrativos de la SEP muestran una mejora sustancial en la matrícula de la educación media superior. Se ha incrementado en 36% en 10 años, y ahora ronda los 4.6 millones de jóvenes inscritos en el ciclo 2013-14 (ver la Tabla 1).

 

 

La tasa de deserción también ha mejorado sustancialmente. En los últimos años se ha reducido en 26%. Ha bajado de 17.6% en el ciclo escolar 2003-04 a 13.4% en el ciclo 2013-14. La reducción ha sido especialmente notoria en los años recientes (ver la Tabla 1).

Sin embargo, dado el crecimiento de la matrícula y el tamaño de la cohorte de jóvenes, cada año siguen quedando fuera de la EMS más de 600 mil (ver la Tabla 1).

La magnitud de este problema impide minimizarlo. Es una “sangría silenciosa” que excluye cada año a cientos de miles de jóvenes del nivel educativo que puede hacer diferencias sustanciales en su ingreso y en sus condiciones de vida, con implicaciones incluso en la movilidad social de ellos y de su siguiente generación, según lo muestran los estudios del Centro de Estudios Espinosa Yglesias (CEEY).

Las razones del abandono escolar son múltiples, pero se pueden resumir en dos de igual importancia: presiones económicas y falta de pertinencia de la educación. Mucho se puede discutir sobre estas causas, pero no es el propósito de este texto. Baste mencionar que las becas pueden ser una medida indispensable para la permanencia y avance de un conjunto muy amplio de estos jóvenes, pero resultan insuficientes.

Los problemas propios del sistema educativo de la EMS generan un contexto de exclusión que afecta a cientos de miles, lo cual no se resuelve sólo con becas. El problema inicia con la pertinencia de la educación. La EMS, especialmente el bachillerato, tiene un enfoque centrado en contenidos abstractos, muchos de ellos obsoletos y, casi siempre, irrelevantes para las inquietudes e intereses de jóvenes entre 15 y 18 años, expuestos cada día a los nuevos medios y a las nuevas tecnologías. Pero también se agrava por un sistema vertical y burocrático, afectado por problemas de violencia y adicciones, autoritarismo disfrazado de disciplina, y por otras formas de abuso e incomprensión sobre la realidad de estas generaciones de estudiantes.

Al final, el resultado es inocultable: pese a la mejora en la matrícula y a la reducción de la deserción, siguen quedando fuera de la EMS más de 600 mil jóvenes cada año. El 60% de ellos, durante el primer año escolar. Muchos en relación con problemas de rendimiento, como la reprobación. De tal manera que pese al avance innegable en matrícula y reducción de la deserción, al final, el rezago sigue afectando a uno de cada tres jóvenes.

El resultado final aparece en la estadística nacional. Hay más de 11 millones de jóvenes mayores de 18 años y menores de 30 sin EMS completa, de acuerdo con la Encuesta Intercensal 2015. De ellos, el 70% tiene secundaria completa. Es decir, requieren una opción de “segunda oportunidad”, pues ya no están en edad de regresar al sistema escolarizado para concluir la EMS, aun si quisieran.

Al incorporarse al mercado laboral, esta condición afecta sus ingresos presentes y futuros, y también tendrá efectos en otros factores que dificultarán su movilidad social. Éste es el rezago prioritario a enfrentar en una política centrada en derechos de las personas jóvenes y fomento a su inclusión económica, con efectos positivos en el crecimiento, la competitividad y la cohesión social del país (ver la Tabla 2).

 

Fuente: http://www.estepais.com/articulo.php?id=763&t=linea-de-bienestar-juventud-oportunidad